La varita mágica de oro

Comenzar Leé para una niño

Había una vez un niño llamado Gaspar que quería aprender a hacer trucos de magia para convertirse en un verdadero mago. Entonces, decidió anotarse en la escuela de aprendices más importante de la ciudad para estudiar con Hado, el mago más admirado.

En su primer día de clase le entregaron una hermosa capa de mago turquesa y una galera con la que Gaspar se sentía muy importante. Y como corresponde a todos los magos, hasta su propia varita mágica. Aunque Gaspar se sentía ya un mago profesional, cuando comenzaron los ejercicios intentó hacer aparecer un conejo de un sombrero, pero en su lugar ¡apareció un pájaro! Luego trató de convertir una rosa en paloma, ¡pero la convirtió en liebre! ¡Todos los ejercicios le salían al revés!

—Esta varita mágica no sirve para nada —dijo desilusionado el niño y se quitó la capa, el gorro y el traje de mago.
—Te daré otra — dijo Hado al verlo tan cabizbajo, y le entregó la suya, que era la única varita de oro que existía en el mundo—. Esta es una varita especial pues solo funcionará si practicas mucho.

Gaspar se puso a practicar una y mil veces sus trucos. Sabía que pronto la varita de oro comenzaría a funcionar y sus trucos darían resultado. Luego de varias semanas de probar una y otra vez, ¡abra cadabra, patas de cabra! La varita funcionó.
—¡Esta varita mágica sí funciona! —gritó Gaspar, mostrando sus trucos a todos.
Sin embargo, Hado tenía un secreto. Su varita de oro no era para nada especial.
—No es la varita, tú lo lograste gracias a tu práctica y esfuerzo. Prueba con tu anterior varita y verás que lo logras igual —dijo el mago.
Y así fue. Gracias a la práctica y el entrenamiento se convirtió en un mago experto.

Aprendimos que...

Haciendo y deshaciendo se va aprendiendo

Esta moraleja nos enseña que para saber hacer las cosas bien hay que practicar.

¡Hey! Para mejorar tu experiencia debes rotar el dispositivo...