El lagarto rojo

Comenzar Leé para una niño

Mario era un lagarto color verde, muy verde, demasiado verde, tan verde como el pasto o un trébol de cuatro, tres o dos hojas. Tenía por costumbre pasarse horas y horas despatarrado en alguna roca, al sol. Todos sus amigos lagartos hacían lo mismo, pero llevaban sombreros y sombrillas para protegerse del sol.

Muy preocupada, la mamá le había preparado un bolso con lentes negros, sombrilla y alimentos. Pero Mario solo se llevaba la comida. Caminaba hasta la roca más alta y calentita y allí se echaba a descansar.
—Si sigues aquí sin protegerte del sol, terminarás lastimado —le dijo muy seria su mamá.

Aunque su madre insistía con que saliera del sol, Mario se quedaba en las rocas. No sentía ninguna molestia, disfrutaba del sol y creía que nada malo podría suceder. Lo que este pequeño lagarto no veía era que con el paso de los días, poco a poco, su piel verde iba tomando un color cada vez más rojo.

Una tarde tras varias horas de sol, el pequeño lagarto despertó con la cara y el cuerpo rojos como un tomate. Apenas se podía mover. Quiso abrir la sombrilla para protegerse del sol pero ya era demasiado tarde. Muy dolorido y caminando despacito, el lagarto Mario regresó a su casa. Al verlo entrar, su mamá exclamó:
—No se aceptan quejas. Yo te avisé que esto iba a suceder.
—¡Esto duele mucho! Tendría que haber tomado precauciones. —concluyó Mario.

Aprendimos que...

Más vale prevenir que curar

Esta moraleja nos enseña que es mejor tomar todas las precauciones necesarias antes de actuar.

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